lunes, 10 de noviembre de 2014

TEJO DEL PALACIO DE VELÁZQUEZ DEL RETIRO


Pese a no ser su hábitat preferido, podemos encontrar tejos en diferentes zonas del Retiro: al lado de la Fuente de la Salud y de la Fuente de la Alcachofa, cerca de la Puerta del Niño Jesús, e incluso hay dos ejemplares recortados en los jardines del arquitecto  Herrero Palacios. Pero los que se encuentran junto la Casa de Vacas y el que está al lado del Palacio de Velázquez, especialmente este último, son los más representativos de la especie.  
 
Tejo del Palacio de Velázquez
El nombre científico del tejo, texus baccata,  procede del término latino taxus, ya utilizado por los autores clásicos Plinio y Virgilio. Según algunos estudiosos, haría referencia a la palabra griega taxis, hilera, en referencia a la forma en que aparecen sus hojas. Otros autores explican que sería la palabra también griega tóxicon, veneno, la que habría dado origen al término, en alusión, en este caso, al carácter venenoso de casi todas las partes de la planta. En cuanto al nombre específico, baccata, viene de la palabra latina bacca, baya, por la forma concreta que tiene su fruto. 

Se trata de un árbol propio de zonas montañosas, umbrías, con clima fresco y suelo húmedo y preferentemente de tipo calizo. A menudo encontramos ejemplares que han enraizado en zonas rocosas aprovechando una fractura o un espacio entre dos peñas. En la actualidad, los grandes ejemplares suelen aparecer en la naturaleza en solitario, escondidos, a menudo rodeados de otros árboles que les ocultan de la vista y hacen de corte natural. En muchos casos es un auténtico enigma saber por qué ese añoso y solitario espécimen ha llegado a nuestros días. Sin duda, detrás de cada uno de ellos hay una historia que lo ha permitido: una tradición, una leyenda, un empeño de alguien, etc. Sin embargo, en los pocos lugares donde su hábitat lo permite, y el resto de seres vivos lo respetan, se acompañan de nuevos retoños de diferentes tamaños y edades que insinúan que en la antigüedad los bosques de tejos pudieran ser una realidad, aunque acompañados de otras especies y en competencia con ellas.
 
Tejo del Palacio de Velázquez
En España está presente, en clara regresión, en casi todas las comunidades, aunque el vinculo cultural con las poblaciones es más fuerte en la cornisa Cantábrica, donde las tradiciones ancestrales lo vinculan a creencias religiosas, acuerdos jurídicos y costumbres domésticas.

En estas comunidades septentrionales y especialmente en Asturias y Cantabria, es bastante habitual encontrar tejos cerca de las iglesias de los pueblos y en los cementerios. Antiguas creencias han identificado la longevidad del árbol junto con su capacidad para ocasionar la muerte (por su toxicidad) como símbolo de la eternidad y a la vez brevedad de la vida y los paisanos han celebrado en torno a él ceremonias religiosas o han depositado en sus alrededores los cuerpos de sus familiares y vecinos fallecidos. La construcción posterior de ermitas, iglesias o cementerios en los mismos lugares, unió antiguos y nuevos ritos y así, reconstruyendo iglesias o replantado tejos, son muchas las poblaciones que en la actualidad siguen manteniendo el támden tejo-iglesia como punto de reunión y reflexión de los lugareños.

Tejo de Arangas, Cabrales (Asturias)

Tejo del cementerio de Salas (Asturias)
También sirvieron los tejos como testigos de acuerdos, contratos y juramentos, con el mismo o superior valor que los documentos escritos o actas notariales: lo que se acuerda bajo el tejo, va a misa, dice una antigua expresión asturiana. Todavía en algunos lugares de España se convoca a concejo con el tañer de las campañas y en muchos casos dicho concejo abierto se celebra bajo el tradicional árbol de la población. Tampoco podemos condenar al olvido la antigua tradición que aun se mantiene en algunos lugares, de plantar un tejo en la huerta o el prado de la casa tras el nacimiento de un hijo y cuidarlo durante toda la vida, como herencia cultural que se transmite a las generaciones posteriores.

Tejo familiar plantado en 1930 junto a su casa por Giordano Fernández, Tineo (Asturias)
En la Comunidad de Madrid hay unos 2000 ejemplares situados en cauces, barrancos y laderas de la sierra. Un detenido paseo por alguno de los puertos de montaña más conocidos, Somosierra, Canencia, Rascafría, Cotos, y algunos otros menos populares, nos permite descubrirlos y en algunos casos admirar su tamaño y edad. En todos los casos, nuestra presencia debería pasar desapercibida para el árbol. El exceso de visitantes y, sobre todo, la falta de cuidado y respeto de los mismos, puede originarle graves daños. No debemos olvidar que todos los árboles necesitan a su alrededor un espacio bien conservado y drenado de forma que sus raíces puedan sostenerlo y obtener el agua y las sales minerales con las que elaborar los nutrientes vitales para su desarrollo.

Tejo del Puerto de Canencia (Madrid)

Tejo del Puerto de Canencia (Madrid)
En la ciudad de Madrid también podemos contemplar tejos en algunos de sus parques principales. Además de éstos del Retiro, existen ejemplares muy interesantes en la Fuente del Berro, en el Campo del Moro, en el Jardín Botánico, en el Parque del Oeste o en el parque del Capricho de la Alameda de Osuna. Y si se quiere ver un ejemplo de tejos ornamentales recortados podemos fijarnos en los de la Plaza de Oriente.

El tejo más espectacular del Parque del Retiro se encuentra junto al Palacio de Velázquez, protegido por una cerca para evitar que el exceso de pisadas perjudique a las raíces, o al proceso de absorción del agua..   
 
 Tejo del Palacio de Velázquez
El palacio de Velázquez  fue construido entre 1881 y 1883 para la Exposición Nacional de Minería que se celebró en 1883. El Ministerio de Fomento, organizador de la exposición, encargo el proyecto al arquitecto  Ricardo Velázquez Bosco (que dio nombre al edificio) y fue emplazado en el lugar conocido como Campo Grande. El presupuesto inicial fue de 225.000 pesetas que aportó el propio ministerio.

Con Ricardo Velázquez colaboraron el ingeniero Alberto del Palacio, responsable de los aspectos técnicos y  Bernardo Asins, constructor y montador de la estructura metálica.

En su construcción empleó Velázquez los materiales y elementos decorativos que repetiría en sus construcciones posteriores, como la Escuela de Ingenieros de Minas (1886) y el propio Ministerio de Fomento (1893), hoy de Agricultura.

Así, utilizando el hierro en la estructura general, el granito como plataforma básica del edifico, el ladrillo recocido en dos tonalidades para los muros de cerramiento y la colorida azulejería cocida en la real Fábrica de la Moncloa (heredera de la Porcelana del Buen Retiro),  se levanto el palacio que fue inaugurado el día 30 de mayo de 1883 por Alfonso XII, acompañado por el rey de Portugal y el Alcalde de Madrid, Marqués de Urquijo.

Palacio de Velázquez
Como curiosidad indicar que participaron en esta Muestra de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, entre otras, las Minas de Río Tinto, la Fábrica de Cerámica de la Moncloa, las Aguas Medicinales de Loeches y Carabaña y algunas prestigiosas industrias madrileñas que comenzaban por aquellos años su andadura como las de los orfebres Meneses e Hijos, Espuñes, las Artes Gráficas de Richard Gans, etc., acudiendo también representantes de la industria y el comercio de Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia y Suecia.

El palacio, construido con el ánimo de ser reutilizado después de la exposición, formó parte importante de la Exposición de Filipinas en 1887,  para la que el mismo arquitecto diseñó el vecino Palacio de Cristal, y posteriormente paso a convertirse en Museo de Ultramar. En la actualidad pertenece a Ministerio de Cultura y se utiliza para realizar exposiciones temporales del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía.

Volviendo al tejo se trata de un árbol que, en buenas condiciones, pude llegar a alcanzar una altura de 15 metros y un diámetro de 1,5. Estas dimensiones, sin embargo, no son corrientes; por el con­trario, muchas veces no pasa el tejo de la forma arbustiva o de arbolillo. Este es el caso más común en la Comunidad, donde no es normal encontrar ejemplares que superen los 10 m. de altura.

Tejo del Parque de la Fuente del Berro 
Tiene una copa frondosa y ancha, con varios tallos que salen del tronco o incluso del suelo, como éste del palacio. Sus numerosas ramas se extienden y alejan del tronco creando en su interior una cabaña natural protectora de aves y otros seres vivos, que encuentran en invierno un lugar seco, menos frío y con alimento abundante.
 
La madera es dura, de grano fino y apretado que la hace muy valiosa para la ebanistería y talla. Su utilización durante la Edad Media  para fabricar arcos estuvo a punto de provocar su extinción en Europa. Efectivamente, el arco de tejo adquirió en la Edad Media gran fama, por ser un arma militar de gran efectividad. El impacto de las flechas disparadas por estos arcos era tan fuerte que, según cuenta la leyenda, podían atravesar puertas de roble de 8 cm de espesor o las armaduras y cotas de malla de los soldados.
 
Tronco del tejo del Palacio de Velázquez
La demanda de madera de tejo fue tan importante que los ingleses realizaron plantaciones en su territorio, prohibiendo el Parlamento su exportación, y decretando una ley que obligaba a todos los barcos mercantes que arribaran a sus puertos procedentes del extranjero a pagar un tributo, consistente en cuatro duelas de arco de la mejor calidad por tonelada de mercancía importada.


También ha sido muy usado en ebanistería, toneles, mangos de herramientas y ejes de carros por su resistencia al frotamiento. En este caso, el carro con eje de madera de tejo “canta” al aplicarle el freno descendiendo los empinados caminos de las montañas asturianas y ese canto era tradicionalmente acompañado por el paisano, y así, carro y campesino bajaban hacia las aldeas rompiendo el silencio del monte astur.   

Muy cerca, al otro lado del estanque, y junto a la Casa de Vacas, encontramos otros dos tejos uno de los cuales, el de más edad, soporta el paso del tiempo con las oportunas muletas que en su momento le fueron colocadas para evitar que sus ramas se desgajen


Tejo de la Casa de Vacas
La Casa de Vacas se construyó por orden del rey Fernando VII a su regreso a España tras la Guerra de la Independencia. En efecto, tras dicha guerra, el parque del Retiro estaba prácticamente destruido. El rey encarga al arquitecto Isidro González Velázquez la realización de una reconstrucción parcial entre las calles O’Donnell y Menéndez Pelayo y el Estanque Grande, convirtiendo la zona en un reservado para que en él la familia real pudiera disfrutar de las fantasías y caprichos románticos de un jardín al estilo del primer cuarto del siglo XIX.

Así, González Velázquez construye para el monarca la Montaña Artificial, la Casa Persa o Rústica (hoy desaparecida), la Casa del Pobre y del Rico (derribada en 1963), la Casa de Vacas, la Casita del Pescador, la del Contrabandista (Florida Park), la de Fieras, un castillete medieval (actualmente en ruinas), un embarcadero para la Falúa Real (desaparecido al construir el monumento a Alfonso XII) y la fuente Egipcia del dios Canopo.
En la Casa de Vacas se construyó una vaquería donde las hijas del monarca jugaban a pastorcillas, disponiendo de una serie de vacas cuya leche bebían después de haberlas ordeñado ellas mismas. En 1868, la corona pierde los derechos sobre los Jardines del Buen Retiro y este pasa a depender del Ayuntamiento de Madrid y la Casa de Vacas en 1873 se alquila a Mateo Cabezas y Romeral que la transforma en un establecimiento modélico donde se podía beber leche recién ordeñada, pasando años después a instalarse una chocolatería.

La Casa de Vacas en la actualidad
Destruida parcialmente por el ciclón que en 1886 arrasa el Retiro, se reconstruyó en el siglo XX, pasando a formar parte de la Zona de Recreo, junto al Templete de la Música, y siendo transformada en un café restaurante. Se realizaron  diversas reparaciones hasta que en la década 1950-60  se reestructura de nuevo y pasa a utilizarse como sala de fiestas, con restaurante, orquesta y bar, haciéndose celebre con el nombre de Pavillon, hasta que en 1983, un incendio destrozó la sala y tras ser restaurada pasó a depender del Ayuntamiento de Madrid, dedicándose a sala de exposiciones culturales.

El tejo de las muletas, que se encuentra a su derecha es de edad incalculable. Es algo arriesgado hablar de la edad de los tejos. Se trata de un árbol longevo, de crecimiento muy lento, pero es difícil averiguar su edad. No sirve contar anillos: los más añosos suelen tener el tronco hueco. Además pueden pasar muchos años con crecimiento nulo. Tampoco es oportuno utilizar la barrenilla para extraer una muestra del tronco ya que puede perjudicar seriamente al árbol. Parece claro que pueden superar los 1500 años y hay referencias de algunos casos en los que se ha producido una regeneración a partir del tronco ya moribundo de un ejemplar. 

Sus hojas son perennes de 10 a 30 mm, de largo por 1,5 a 2,5 de ancho, formando dos hileras opuestas de color verde oscuro por el haz y más claro por el envés. El tejo es una especie dioica (con pies masculinos y femeninos). Precisamente, este tejo con muletas es un ejemplar femenino  y si la visita se realiza en otoño, veremos también su fruto, un arilo carnoso que rodea la semilla de color rojo y sabor agradable. Los animales consumen sus frutos y dispersan las semillas favoreciendo su reproducción.
 
Hojas y flores masculinas del tejo
Precisamente el fruto es la única parte de la planta que no es venenosa. El resto contiene alcaloides tóxicos que pueden llegar a provocar la muerte. Por otro lado, el descubrimiento del taxol en la corteza del tejo del Pacífico (taxus brevifolia) como anticancerígeno ha estado a punto de acabar con el árbol. Para tratar a una sola persona hacían falta varios ejemplares adultos por año y en poco más de una década se talaron en EE. UU., más de 4.000.000 de tejos. Afortunadamente, los científicos han podido sintetizar la sustancia y ya no es necesario obtenerla directamente de la planta.


Los ejemplares masculinos y femeninos no se distinguen hasta que no se produce la floración, al final del invierno y principio de la primavera. En los masculinos las flores productoras de polen se agrupan en las axilas de las hojas y son de color anaranjado. En los femeninos la semilla es ovoide y está parcialmente cubierta por un tejido carnoso en forma de copa, llamado arilo, que es de  color rojo vivo al madurar y semejante a una baya. Éste, como ya se ha dicho,  es el que da nombre específico a la planta pues baccata deriva del latín bacca = baya.

Fruto del tejo
El tejo es en efecto una planta muy venenosa cuya acción se debe al alcaloide taxina, que actúa sobre el sistema nervioso produciendo convulsiones, hipotensión, depresión cardíaca y finalmente la muerte. Crónicas romanas hacen referencia a su uso entre astures y cántabros como veneno para suicidarse cuando se sentían inútiles para su pueblo o se sabían vencidos.

Silio Itálico, por ejemplo, cuenta que: ”El pueblo cántabro es invencible ante el frío, el calor y el hambre. Se lleva antes que nadie la palma en toda clase de trabajos. ¡Admirable amor a su pueblo! Cuando la inútil edad senil comienza a encanecerle pone fin a sus años envenenándose con el tejo.”

Los galos también envenenaban sus flechas con veneno de tejo. Julio Cesar en La guerra de las Galias Libro VI cuenta: ”Cativulco, rey de la mitad del país de los eburones, cómplice de los planes de Ambiorix, agobiado por la veeaz, no pudiendo aguatar las fatigas de la guerra ni de la huida, despuáes de lanzar contra aquel toda suerte de maldiciones por haber sido el instigador de aquella intriga, se suicidó con jugo de tejo, árbol del que hay gran abundancia en la Galia y en la Germania.” (Julio César, La guerra de las Galias, libro VI).

 Tejo del Jardín Botánico

Tejos recortados de la Plaza de Oriente
Para terminar e incidir en la trascendencia histórica y cultural que el tejo tiene en nuestro país, una referencia literaria: “En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis de ellos traían unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo: Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.”  Inconfundible texto,  de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha que en el capítulo XIII de la primera parte hace referencia, como no, a la utilización del árbol en una ceremonia funeraria.

Tejo de la Fuente de la Alcachofa

Tejo de la Fuente de la Salud

PARA SABER MÁS

Memorias de un árbol. Guido Mina di Sospiro. RBA editores
El libro del tejo, un proyecto para su conservación. Simón Cortés, Fernando Vasco y Emilio Blanco. Ed. ARBA
El alma de los árboles. Miguel Herrea Uceda. Elam Editores
La magia de los árboles. Ignacio Abella. Ed. Integral
La cultura del tejo. Ignacio Abella. Ed Urueña S.L.

El Retiro, sus orígenes y todo lo demás (1460-1988). Rosario Mariblanca Caneyro. Edita Ayuntamiento de Madrid

Publicado en el mes de junio de 2014

ALMENDROS DE LA QUINTA DE LOS MOLINOS



El parque de la Quinta de los Molinos se encuentra situado entre las calles Alcalá (al sur), Juan Ignacio Luca de Tena (norte), Miami (oeste) y 25 de Septiembre (este) y tiene su acceso principal por la calle Alcalá, entre los números 527 y 531, junto a la entrada de la estación del metro de Suances.

Entrada al parque por la calle Alcalá.
Es una más de las fincas que han permanecido en manos privadas y libre de la especulación urbanística hasta muy recientemente (1982), lo que ha permitido que, al convertirse en patrimonio municipal, podamos disfrutar todos los ciudadanos de un parque único, precioso y preciado en una urbe como es Madrid.

Su nombre se debe a los molinos para la extracción de agua que se trajeron de Estados Unidos en 1920 y que aun pueden verse en la actualidad, restaurados y en funcionamiento, aunque con una finalidad exclusivamente educativa. Con estos molinos y con la abundante agua proporcionada por los dos arroyos que la recorrían (arroyo de los Trancos, al norte, y arroyo de la Quinta, al sur)  y los pozos y manantiales que se fueron encontrando al crear la finca, se pudo diseñar un espacio donde se alternaba el jardín floral con el bosque y las huertas.

El origen de la quinta está en una pequeña finca junto al actual estanque, al norte de la vaguada formada por el arroyo de los Trancos, que su propietario, Don Ildefonso Pérez de Guzmán el Bueno y Gordón (1862-1936), IV conde de Torre Arias (entre 1871 y 1936), cedió a su amigo el arquitecto César Cort en 1920, a cambio de la construcción de su palacio en la calle General Martínez Campos de Madrid.

Uno de los dos molinos que dio nombre al parque, junto al depósito del agua
Don César Cort Boti (Alcoy 1893-Alicante 1978) fue un arquitecto especializado en urbanismo, primer catedrático de Urbanismo en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Concejal de urbanismo del Ayuntamiento de Madrid y amigo y seguidor de Arturo Soria, fue el responsable de la elaboración del Plan de Extensión de Murcia (1928) y del Plan de Ensanche y Reforma Interior de Valladolid durante la Guerra Civil.

Cort fue ampliando la extensión de la finca e incorporando nuevas parcelas hasta los años 70 que llegó casi a las 30 hectáreas, dándole un estilo mediterráneo, propio de su lugar de origen.  Tras su muerte y algunos años de abandono, sus herederos y el Ayuntamiento de Madrid acordaron la incorporación al patrimonio municipal de toda la finca, excepto una cuarta parte que se destinó a uso residencial. A partir de ese momento el Ayuntamiento inició un proceso de restauración que acabó con la inclusión de la finca en el catálogo de Parques y Jardines de Especial Protección en el Plan General de Ordenación Urbana de 1997.

 
Calle que conduce desde la entrada a la zona edificada de la finca
Actualmente, nada más atravesar el edificio de entrada, nos encontramos con una larga carretera, asfaltada y flanqueada por plátanos de sombra, que nos conducirá directamente a la zona edificada de la finca. Pero si nos olvidamos un momento de ella y nos desviamos a la derecha, accederemos al primer cuartel de almendros, los protagonistas indiscutibles del parque. Y si nuestra visita se realiza en los meses de febrero/marzo y los almendros se encuentran en flor, el espectáculo será grandioso.

El nombre científico del almendro es Prunus dulcis aunque también podemos encontrarlo como Prunus amygdalus o Amygdalus communis. El nombre genérico, prunus, lo incluye en el grupo de los árboles futales y el específico, dulcis, hace referencia a la dulzura de sus frutos en la variedad dulce y distinguirlo así de la amarga.

El término castellano almendra procede de una arabización de mandorla y ésta de la palabra latina amyndăla, que, por su parte, es una variación de amygdăla. A su vez, el nombre común del árbol, procede de la palabra latina de origen griego amygdalus, que significa “árbol hermoso”.  

Almendros del la quinta al iniciarse la floración
Se trata de un árbol que puede llegar a alcanzar los 8 o 10 metros de altura (algo inhabitual en los cultivados), con el tronco grueso y retorcido. La corteza es de color gris oscuro y muy agrietada en los árboles maduros. De fuertes raíces, la copa es ancha, irregular y muy ramificada. Sus hojas son alargadas y caducas y aparecen en el árbol después de las flores.

Las flores son muy numerosas. Fácilmente cubren toda la copa del árbol y proporcionan al campo de almendros el espectacular aspecto que podemos presenciar durante algunos días de los últimos meses del invierno. Cuando caen, tapizan el suelo de blanco y rosa como una suave y dulce nevada.

Flor de almendro.
El Infante Don Juan Manuel nos cuenta en su libro El Conde Lucanor cómo el rey-poeta de Córdoba, al-Mutamid, sorprendió a su favorita, al-Rumaykiya, llorando porque añoraba la nieve; entonces, mando plantar almendros por toda la sierra para que pudiera tener la impresión de que se encontraba nevada.

El almendro es todo un símbolo. Es el heraldo del final del invierno. Su floración puede iniciarse en el sur en enero (incluso a finales de diciembre), en febrero lo hará en la zona centro, y en marzo más al norte. En Escandinavia no florecerá hasta junio. En cualquier caso, la floración del almendro indica que la temperatura diurna del aire es ya superior a los 8 grados centígrados, aunque la máxima actividad de floración y la mayor visita de insectos tendrá lugar entre los 15 y 25 grados.

Su fruto, los almendrucos, nos harán esperar 8 o 9 meses. Son frutos ovalados de color verde que contienen un núcleo leñoso en el que se encuentran de 1 a 2 semillas (almendras) de color marrón.   Se resquebrajan al madurar y pueden permanecer largo tiempo en el árbol

Hojas y fruto del almendro
Los griegos, tradicionalmente favorecedores de los procesos naturales, no podían evitar sorprenderse por el hecho de que este árbol se comportase de forma diferente al resto y floreciese antes de que brotasen las hojas. Como a todo lo que les intrigaba, le buscaron una explicación a través de la mitología. Fílide, princesa tracia, estaba enamorada de Acamante, guerrero en Troya. Tras el fin de la guerra, esperó pacientemente su regreso. Pero al pasar los días y no producirse la llegada, murió de pena creyendo que había muerto. La diosa Atenea, compadeciéndose de ella, la convirtió en almendro y, curiosamente, al día siguiente llegó la nave con Acamante que se tuvo que conformar con acariciar la corteza del árbol. Fílide, ahora almendro, respondió a su amado floreciendo de repente, sin que hubiera dado tiempo a que las hojas brotasen. Y así sería como, año tras año, los almendros repiten su precoz floración y los antiguos atenienses aprovechaban para recordar a estos enamorados con fiestas y danzas.

Es un árbol que se adapta a cualquier tipo de suelo siempre que sea luminoso y seco. Aguanta bien el frío, pero las heladas pueden perjudicarle, sobre todo cuando ya ha florecido. Es de rápido crecimiento y puede llevar a vivir unos 80 años.

Se trata de un árbol muy mediterráneo que lleva con nosotros varios milenios. Sin embargo, su origen y donde se cría de forma silvestre se encuentra en la zona este de este mar y en Asia Central. Es probable que desde allí los fenicios lo trajeran a la Península Ibérica, pero lo que sí es cierto es que los romanos lo repartieron por todo el Mediterráneo. En Japón se introdujo en fechas antiguas la costumbre de cultivar almendros, como elemento decorativo, formando parte, junto con los cerezos, de sus paisajes más espectaculares y pasando después a identificar toda una escuela de pintura típica japonesa, imitada posteriormente por algunos pintores europeos (impresionistas y postimpresionistas, especialmente Van Gogh). En España, Sorolla, el pintor de la luz levantina, también dibujo este árbol en sus cuadros para reflejar el típico paisaje de su tierra de origen.

Ricas almendras listas para comprar en una típica tienda de variantes
En nuestro país, segundo productor mundial de almendras, está presente en cualquier lugar, pero especialmente en las islas Baleares, Cataluña, Levante, Murcia y Andalucía. Hay enormes extensiones de cultivo en la zona levantina, muchas de ellas, probablemente de origen árabe y se cuenta por cientos las variedades siendo las de mayor importancia la marcona, planeta, largueta, mallorca, valencia, amarga, fita y mollar. En Madrid existen algunos pequeños bosquetes como éste de los Molinos en el parque del Capricho e incluso en el Retiro (Paseo del Duque Fernán González, cerca de la escultura del Ángel Caído, donde estuvo la antigua real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro) y además hay ejemplares sueltos en multitud de lugares de la ciudad.

Almendros en el  Retiro, cerca de la plaza del Ángel Caído.
Pero si el almendro junto con el olivo y la vid son los tres cultivos tradicionales del mediterráneo es porque,  además del placer que percibimos por su apariencia y su aroma, es fuente de una gran variedad de recursos y desde muy antiguo se ha utilizado en nuestro beneficio de muchas formas. Veamos algunas.

Ya en algún lugar se hace referencia al báculo de Aarón como hecho de la madera del árbol. Y es cierto que su madera, dura y pesada, es empleada por escultores y torneros y resulta un buen combustible.

La goma que a menudo exudan los almendros como defensa contra las enfermedades y los golpes, se ha usado también en la medicina popular como astringente y como aglutinante en polvos de farmacia cuando no existían las cápsulas.

Las cáscaras de la almendra trituradas sirven con frecuencia para falsificar la canela y para transformar en coñac los vinos blancos añejos y la cubierta verde resulta un buen forraje consumido con agrado por ovejas y cabras.

Almendros del parque después de la floración
De todas formas, el almendro es un árbol frutal por excelencia y desde muy antiguo es la gastronomía la principal destinataria de éste fruto. En su variedad dulce, además del consumo directo como aperitivo o complemento dietético, con las almendras se elaboran los conocidos mazapanes, turrones, peladillas, etc.,  típicos de la época navideña y forman parte de los variados rellenos de las diferentes carnes preparadas también en ese momento del año.

Las almendras son ricas en proteínas y fósforo, tienen mucho aceite, más calcio que la leche y más hierro que las lentejas. Además son un buen reconstituyente para el sistema nervioso. Con la almendra triturada, mezclada con azúcar y agua, se prepara una leche alternativa para quienes no toleran la de origen animal.

Sus propiedades como narcótico y calmante se conocen desde muy antiguo y su uso medicinal estaba ya muy extendido en la época medieval. También es habitual el uso de su aceite en cosmética. El aceite se extrae por presión en frío y es ideal para la piel y en masajes. 

La almendra amarga (almendruco) es necesario manejarla con precaución ya que contiene una serie de azúcares que pueden transformarse en cianuro y resultar tóxicas si se consumen en cantidad. Con ellas puede prepararse agua destilada, de propiedades antiespasmódicas (a pequeñas dosis y con vigilancia médica). Parece ser que ya los sacerdotes de Isisen en el Antiguo Egipto fueron quienes descubrieron las propiedades del cianuro al efectuar la destilación de las almendras de las semillas del melocotón.

Almendros en flor. (Foto Ayuntamiento de Madrid)
En cualquier caso, si nuestra visita a la Quinta de los Molinos se produce en la época de la floración, todos estos usos del árbol pasarán a segundo término y será su impresionante apariencia la que nos dejará deslumbrados. El espectáculo de contemplar un almendro en flor es grandioso; cada rama, cada flor, nos permitirá apreciar perfección en las formas y una gama de tonalidades espectacular. En el color que nos deslumbrará. Su fugacidad es otro de los aspectos que lo hace aun más valioso: en función de la climatología, dispondremos de una o dos semanas al año para disfrutar de él. Será a finales de febrero cuando podremos presenciar esta maravilla de la naturaleza, si el clima lo permite y estamos atentos, ya que podría adelantarse o retrasarse. Además, a la corta duración de la floración hemos de sumar el hecho de que sí el momento es lluvioso, las flores caerán del árbol antes de lo previsto.

Recuperada la cordura tras el espectáculo presenciado, volvemos a la carretera y nos adentramos en la finca, sabiendo que más adelante volveremos a topar con nuevas plantaciones que nos hará comprender porque se conoce este lugar como el “parque de los almendros” de nuestra ciudad.

Lago
Casi al final de la carretera, atravesado el Arroyo de los Trancos, hoy convertido en una vaguada casi seca, llegamos a la parte más antigua de la quinta y en la que encontramos las principales construcciones. Terrazas, invernaderos, estanques, y los dos palacetes merecen una visita detenida. Por supuesto, no podemos dejar de contemplar los dos molinos que dieron nombre a la finca, así como la curiosa pista de tenis que tanto trabajo de movimiento de tierras supuso para su construcción.

Palacio
El palacete edificado en la zona norte, junto al límite de la finca (hoy calle Juan Ignacio Luca de Tena) constituye el núcleo inicial de la Quinta. Su construcción se inició en 1925 y es el único exponente que se conserva en nuestra ciudad de la conocida como arquitectura racionalista madrileña del siglo XX. Se trata de un palacio con formas simples, funcionales, que atiende fundamentalmente a las necesidades del urbanismo moderno, en el que destaca la torre que lo remata, formada por cuerpos superpuestos como una pirámide. A su derecha, un impresionante cedro. A su izquierda, uno de los molinos originales, un depósito de presión para repartir el agua extraída y una pequeña alberca. Frente al él y a sus lados, los restos de un jardín/rosaleda en los que actualmente las rosas alternan con otro tipo de flores y abundante césped.

Como el terreno era pendiente, toda la zona se encuentra aterrazada, empezando por la pista de tenis que se excavó longitudinalmente sobre la pendiente, manteniendo a sus lados los taludes a modo de gradas.  

Segundo molino junto a la Casa del reloj
También se encuentra en esta zona de la finca la Casa del Reloj, que se construyó como residencia de verano de la familia Cort. Orientada hacia el sur, próxima a los Estanques Gemelos y al Lago de aguas tranquilas y gran belleza. A su lado, el segundo molino original se muestra altanero destacando sobre las terrazas.

El resto de la finca merece un paseo tranquilo. Los más de 1.500 almendros no son el único elemento vegetal digno de admiración: setos de coníferas que se plantaron para aislar del viento las plantaciones de cultivo y marcar los caminos, olivos (no podían faltar en una finca mediterránea), cipreses, pinos, eucaliptos, cedros y mimosas, espectaculares mimosas, nos llevarán en cualquier época del año de sorpresa en sorpresa. Con el oído atento, podremos escuchar al mirlo, al pájaro carpintero y, por supuesto, a la agresiva cotorra argentina plaga actual de nuestros parques.

Olivos en la finca

Mimosa
Y a pocos metros de la Quinta de los Molinos, avanzando por la calle de Alcalá, alejándonos de la ciudad, otra impresionante finca: la de Torre Arias. ¿Nos suena, verdad? Con razón. Esta finca pertenece a la familia Torre Arias, igual que en su momento perteneció la de los Molinos, y se encuentra en trámite de incorporación al patrimonio municipal. Éste fue el deseo de su última propietaria y cabeza visible del Condado de Torre Arias, dona Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno y Seebacher (1923-2012), VIII condesa de Torre Arias (entre 1979 y 2012) y nieta de aquel conde Ildefonso que cediera la Quinta de los Molinos al arquitecto Cort. Así que cuando se resuelva la herencia, podremos asomar nuestros curiosos ojos a la que es la última finca privada de la nobleza madrileña en las afueras de la ciudad. Pero esa será otra historia.

El inicio de la floración heraldo de la primavera.



Bibliografía consultada
Árboles Madrileños. Antonio López Lillo y Antonio López Santalla. Obra Social Cajamadrid (Edición digital).
Guía de INCAFO de los árboles y arbustos de la Península Ibérica. Ginés López González.
Más de 100 árboles madrileños. Felipe Castilla Lattke y Emilio Blanco Castro. Ed. La Librería.
El alma de los árboles. Miguel Herrero Uceda. Elam editores


Publicado en diciembre de 2013

ROBLES DE LA ERMITA DEL CURA

ROBLES DE LA ERMITA DEL CURA
PARQUE  DE “EL CAPRICHO” (ALAMEDA DE OSUNA)

A finales del siglo XVIII los nobles de la capital e incluso la propia Casa Real, fueron adquiriendo posesiones alrededor de la villa y crearon fincas de recreo y esparcimiento para reunirse con familiares y amigos. Una de ellas fue El Capricho de la Alameda de Osuna, situada en una desviación de la antigua carretera de Aragón.

La permanencia en manos particulares, hasta tiempos muy recientes de estas posesiones, las ha protegido, en la mayoría de los casos, de manos especuladoras y las ha conservado en condiciones muy parecidas a las originales. Otras, como la en su momento muy importante finca de de los Montijo y antes de los Miranda, en Carabanchel, han desaparecido completamente.

La finca conocida como El Capricho tiene actualmente una extensión de 14 hectáreas y después de muchas rehabilitaciones está abierta libremente al público aunque en un horario restringido y con acceso máximo limitado (máximo de 1.000 visitantes al mismo tiempo).

Parece ser que el diseño de la finca se basó en un proyecto realizado por Pablo Boutelou, miembro de la familia de jardineros que vinieron a España para trabajar en los jardines del Palacio Real de Madrid y del de la Granja de San Ildefonso. También se sabe que se contrató al jardinero francés Jean Baptiste Mulot, que había trabajado en Versalles y a Angel María Tadey y Borghini, gran decorador y tramoyista que fue el responsable de la creación de entornos concretos para las fiestas y representaciones que se realizaron en la finca. Otro jardinero francés contratado en 1975 fue Pedro Provost, que sería asesinado en la propia finca por las tropas francesas en el periodo de la Guerra de la Independencia.

Fuente de los delfines, parterre y plaza de los emperadores
Fue en este periodo inicial (1783-1808) cuando se van perfilando las características principales del jardín, con una mezcla de estilos y tendencias, combinando el jardín clásico con las nuevas tendencias paisajísticas de moda. Y fue la Duquesa de Osuna, Doña María Josefa de Pimentel (1751-1834) la inspiradora y responsable última de todo el proyecto, quien quiso hacer del jardín empeño personal a su “capricho” y lo quiso dejar bien claro desde el principio, con el propio nombre de la finca.

La referida Doña María Josefa de Pimentel (Tellez Girón, Borja y Centelles, Condesa-Duquesa de Benavente, de Bejar, de Arcos, de Gandía, Princesa de Anglona, de Esquilache…) pertenecía a una de las casas aristocráticas más importante de la corte y se había casado con Don Pedro Alcántara Téllez Girón (1755-1807), quien tras la muerte de su hermano mayor había heredado todos los títulos de la casa de Osuna uniéndose así, dos de los linajes más importantes de la nobleza española.

La duquesa, interesada por el arte y la lectura, compra en 1783 a los condes de Priego una casa, que antes perteneció antes perteneció al conde de Barajas, para construir en ella una finca de recreo donde poner en práctica las últimas tendencias paisajísticas de las cortes europeas, prácticamente al mismo tiempo que en el resto de Europa. Durante la invasión francesa, ya muerto el duque, la duquesa y sus hijos, entre ellos el nuevo duque de Osuna, Francisco de Borja, se opusieron vivamente a Napoleón por lo que, ante las amenazas recibidas, deben abandonar Madrid y refugiarse en Cádiz. Tras la guerra, y ante los destrozos que el parque había sufrido, el nuevo duque se ocupó con interés de la finca, pero murió muy joven y le sucedió su hermano quien dilapidó su fortuna y vendió el jardín en pública subasta.

 
Palacio de los duques. A la derecha búnker de la Guerra Civil.

La finca es comprada por la familia Bauer, familia de banqueros judíos,  agentes de la  Casa Rothchild en España. Sus actividades ocupan  tres generaciones, desde 1855 hasta 1932,  fecha en que desaparece su sociedad definitivamente.

Mientras tanto, durante la Guerra Civil la finca fue la sede del Cuartel General del Frente de Defensa de Madrid, dirigido por el general Miaja, lo que supuso la realización de varias obras de carácter militar.

Finalmente, en los años cuarenta fue comprada por la Compañía Inmobiliaria Alameda de Osuna con la intención de aprovechar los recursos de la finca. Sin embargo, los diferentes proyectos fueron desestimados por el Ayuntamiento, con la excepción del camping que se ubicó en las cuadras de la finca. El 20 de junio el ayuntamiento adquiere la finca permutándola por otros terrenos y en 1978 se abre al público. En 1986, por último, se instala la Escuela Taller Alameda de Osuna y comienza la rehabilitación del conjunto quedando como lo podemos ver en la actualidad.

Fue Ángel María Tadey quien por encargo de la duquesa y entre los años 1792 y 1795 levantó por toda la finca diferentes construcciones que, como escenarios teatrales, sorprendieran a los visitantes y les permitieran desarrollar en su entorno las más variadas actividades.

Roble de la ermita
Roble de la ermita
Uno de esos escenarios fue  la conocida como Ermita del Cura, en cuyo entorno se encuentran los robles a los que se dedica este artículo. La ermita o casa del ermitaño producía en el visitante una sensación de sorpresa, sobre todo por el autómata que se encontraba en su interior, que fue colocado en 1816 en sustitución de los dos ermitaños que anteriormente allí habían vivido. Estos ermitaños fueron fray Arsenio, que vivió en la ermita hasta su muerte en el año 1812 y su amigo Eusebio que le sucedió hasta su sustitución por el muñeco.

Según parece, fray Arsenio fue enterrado en una tumba con forma de pirámide que se construyó junto a la ermita y en su sepultura se había colocado el siguiente epitafio:

“Aquí yace Fray Arsenio
residió en esta comarca 26 años
en esta ermita de la Alameda de Osuna
que le fue donada en caridad por sus méritos
dedicándose constantemente a la oración
y a las más sublimes prácticas piadosas”.

Ermita del Cura

Ermita del Cura
Tadey dotó al edificio de un aspecto ruinoso y envejecido pintando los muros exteriores resquebrajados y recubiertos en parte de musgo. Utilizó los populares “trampantojos” al dibujar en los muros exteriores e interiores falsas grietas, ventanas y mobiliario. En 2001 se restauró el edificio reconstruyendo el pórtico lateral de madera y eliminando sucesivos repintes. Ahora mismo, en el interior de la ermita puede verse de nuevo la decoración original que reproduce el interior de una iglesia en ruina, un cuadro rasgado de San Antonio, una mesa de altar con libro de oraciones y una oquedad conde se guarda el vino de la misa. En los laterales del altar hay unas falsas ventanas simétricas a las auténticas de la fachada principal, donde estaban instaladas las campanas.

En las inmediaciones de la ermita, en la pradera y al otro lado del barranco recorrido por un pequeño arroyo, se encuentran un considerable número de robles, de diferentes tamaños y edades, que nos recuerdan otros parajes más al norte, donde la presencia de prados con árboles de hoja caduca es habitual.

El roble pertenece al género quercus, que está compuesto por más de 400 especies entre las que además de los diferentes tipos de robles encontramos, por ejemplo,  la encina (confundida con el roble en la antigüedad griega) y el alcornoque.

El nombre quercus parece ser que proviene del vocablo griego kratos (poder, fuerza) aunque también se puede referir al sánscrito karkara (duro). Hay también quienes afirman que procede de las lenguas celtas, que utilizaban la palabra quercuez con el significado de árbol hermoso.

Roble de la Ermita del Cura
Es un árbol muy abundante en el norte de España y es más escaso en la zona central y sur. Hay muchas variedades difíciles de identificar por las hibridaciones que se producen entre ellos, pero los tipos más significativos, entre nosotros,  podrían ser el roble común (quercus robur), predominante en la zona atlántica, y conocido allí como carballo, el roble albar (quercus petraea),  el melojo o rebollo  (quercus pyrenaica), que es la especie más extendida en la Península Ibérica y dominante por ejemplo en las sierras próximas a Madrid y el quejigo (quercus faginea), originario de la Península Ibérica y el norte de África.

El roble común es  un árbol de tronco robusto, con ramas gruesas y hojas caducas, lobuladas, que pueden permanecer en el árbol hasta bien entrado el invierno. Los campesinos ingleses decían que la última hoja nunca cae del roble, porque antes de que esto ocurra brotan las nuevas. Este comportamiento es un enigma para los expertos. Algunos afirman que así se protege el brote de las yemas, otros que es la mejor manera de aprovechar la biomasa que el árbol genera (que no se perdería con las lluvias del invierno). También hay quien afirma que la permanencia de las hojas impide el nacimiento de plantas bajo el árbol que compitan con él en la obtención de nutrientes y agua.

Hojas de roble

Roble de parque en otoño-invierno
Sus frutos son bellotas que maduran en septiembre y caen del árbol en octubre. Antes, entre abril y junio, al mismo tiempo que aparecen las hojas, habremos visto en el árbol las flores, masculinas y femeninas, en unos racimos colgantes de color amarillo verdoso.

Se trata de un árbol que prefiere plena luz, ambiente húmedo y suelos frescos y profundos. Crece muy lentamente y, por consiguiente, es de gran longevidad, pudiendo alcanzar el milenio.

Desde la más remota antigüedad, las bellotas del roble han sido utilizadas por los seres humanos para alimentar a los animales y a las personas. Los bosques abundaban por toda Europa y su aprovechamiento descontrolado ha acabado con la mayoría de ellos.

Su madera, muy apreciada por su resistencia, es la materia prima favorita para la construcción de mobiliario doméstico y por su resistencia a la humedad, también se usaba en la construcción de barcos, lo que supuso su práctica desaparición de nuestros bosques. La Armada Española tenía en explotación exclusiva determinados lugares de de la Península Ibérica donde se proveía de esta madera para sus barcos. Son muchos los textos que han referencia, por ejemplo, a la devastación de bosques completos para la flota que se creó para invadir Inglaterra, en tiempos de  Felipe II y que pretenciosamente se conoció como la Armada Invencible.

También desde antiguo la madera de roble ha sido la favorita para la elaboración de toneles en los que criar los apreciados caldos de las zonas templadas. Esta costumbre se mantiene actualmente y la crianza en madera de roble sigue siendo un elemento de calidad de cualquier bodega moderna.

Donde la realidad se mezcla con el mito el roble se maneja de forma fantástica. De roble era la famosa mesa “redonda” del Rey Arturo y sus caballeros. El mago Merlín vivía en un robledal y su famosa varita mágica era de madera de este árbol. En un robledal, el bosque de Sherwood transcurren las hazañas de Robín Hood en tiempos del rey Ricardo.

Roble del Parque del Retiro
Entre griegos y romanos, el roble se relaciona con la más alta jerarquía de los dioses: representaba a Zeus o Júpiter, que gobernaba el trueno y el rayo. Esto último parece estar basado en la especial predilección que por estos árboles tienen los fenómenos atmosféricos eléctricos. Parece ser que tiene que ver con la predilección del árbol por vivir en lugares húmedos y más concretamente por desarrollar sus raíces sobre acuíferos unido a la apariencia de sus ramas en época invernal, retorcidas, puntiagudas y desafiantes.

Tradicionalmente se ha asociado el roble como el árbol de los celtas. Los druidas galos, famosos entre la infancia a partir de que René Goscinny y Albert Uderzo crearan a Asterix el Galo en 1959, realizaban sus ceremonias en torno al roble sagrado y obtenían de él y, sobre todo, del muérdago que en él crecía, muchos de los ingredientes de sus mágicos remedios. Sin embargo, no está claro que esto fuera así, ya que fue Plinio el Viejo, que nunca estuvo en la Galia, quien hizo referencia por primera vez a este aspecto y no parece seguro que fuera exclusivamente el roble el árbol sagrado de los celtas galos, sino que otros árboles como el abedul, el alisio o el tejo cumplían la misma función en diferentes zonas de la Galia.

Lo que sí es un hecho comprobado es que en torno al roble se genera un abundante y rico microecosistema. Más de 500 especies, entre insectos, aves e incluso mamíferos, tiene su vida relacionada con el roble o viven directamente alojados en él. Su tardía caída de la hoja, su crecimiento en zonas húmedas y próximas a ríos o arroyos y su porte amplio y frondoso, lo convierten en vivienda ideal y fuente de recursos para muchas especies animales.

Roble del parque

Roble del parque
Ángelo de Gubernateis (1840-1913), uno de los primeros especialistas en sánscrito de Italia y uno de los mitólogos más prestigiosos de la Europa del siglo XIX nos dice que en el siglo XIV, cuando se adoquinó la plaza Beccadelli de Bolonia, aun se erguía un viejo roble. Y como  vestigio de un antiguo uso céltico, las reuniones importantes del pueblo debían celebrarse a la sombra de este árbol querido. En las antiguas procesiones religiosas lo niños de Bolonia llevaban coronas de olivo y de roble.

Así, podríamos establecer un mismo territorio prácticamente ininterrumpido de este a oeste, por todo el continente europeo, en el que los robles presidieron los consejos y las asambleas. Cuando se trataba de sellar pactos, tratos, juramentos y promesas, o de realizar elecciones parti­cularmente importantes, se recurría al árbol como tes­tigo y custodio de la palabra dada o del compromiso. Y la costumbre ha sobrevivido al cristianismo y sus templos, a la escritura, la Biblia y las notarías.
El caso más famoso de juicios bajo los árboles es probablemente el de san Luis, rey de Francia que impar­tía justicia al pie de un viejo roble en el bosque de Vincennes, según refieren las Crónicas Reales.

Roble del Puente de Hierro en la Casa de Campo
De esta tradición tenemos infinidad de otros ejemplos como el de  Guernika. Los Fueros de Vizcaya especifican el llamamiento que debía hacer­se a los acusados desde el pie del árbol de Gernika, donde se dirimían los pleitos tal como atestiguan declaraciones escri­tas al menos desde el siglo XVI, que comienzan: «So el árbol de Guernica donde se acostumbran hazer las juntas generales...».

En España, el árbol tiene una gran presencia en la zona atlántica. “Es fuerte como un roble”  se puede escuchar casi en cualquier lugar para hacer referencia a aquel que destaca no solo por su fortaleza física, sino especialmente por su buena salud y su resistencia a contraer enfermedades.

En Galicia, el carbayo es uno de los árboles más vinculados con las tradiciones populares. También está presente en muchas referencias literarias. Como muestra, un trozo del poema Los Robles de Rosalía de Castro:
Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
cariñosa a la escueta montaña
donde un tiempo la gaita guerrera
alentó de los nuestros las almas
y compás hizo al eco monótono
del canto materno,
del viento y del agua,
que en las noches del invierno al infante
en su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces, ¡oh roble!
de este suelo en las cumbres gallardas
y en las suaves graciosas pendientes
donde umbrosas se extienden tus ramas,
como en rostro de pálida virgen
cabellera ondulante y dorada,
que en lluvia de rizos
acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto a poblar nuestros bosques;
y que tornen contigo las hadas
que algún tiempo a tu sombra tejieron
del héroe gallego
las frescas guirnaldas!

Carbayón de Valentín (Asturias)
En Asturias el roble tiene una presencia importante, tanto de forma natural en bosques tradicionales, como en ejemplares aislados. Los habitantes de la capital del principado son conocidos como carbayones, en referencia a un ejemplar existente en la calle Uria hasta 1879 en que fue talado. Pero el roble más conocido en Asturias es el Carballón de Valentín, en Gera (Tineo). Éste árbol, del que existen testimonios escritos del siglo XV, anteriores al descubrimiento de América, tiene unas dimensiones impresionantes y se cree que es el más longevo de Asturias (con permiso del tejo de Bermiego). Fue declarado monumento natural por el Principado de4 Asturias en 1995 por lo que está protegido e incluido en el plan de recursos naturales de Asturias.

En Madrid ciudad no hay una presencia muy relevante. Podemos destacar por su tamaño el roble del Puente de Hierro, en la Casa de Campo y poco más. En el Parque del Retiro hay dos ejemplares de relieve y otros mucho más modestos, pero que representan dignamente la especie. También existen ejemplares en el Campo del Moro o en el Parque del Oeste, pero sin nos alejamos un poco de la capital y nos dirigirnos al famoso Hayedo de Montejo, junto al naciente Jarama podremos encontrar ejemplares muy interesantes formando  un estupendo y típico bosque mixto de hayas y robles.

En otros lugares de la sierra madrileña, Miraflores, el Escorial, Navacerrada, etc., y antes de que la altitud le haga desaparecer, también existen agrupaciones de diferentes variedades de roble que en otros tiempos fueron importante fuente de riqueza para los lugareños.

Volviendo a nuestro parque, a lo largo y ancho del mismo existen muchos otros muchos lugares, como el de la Ermita del Cura,  donde se pretendió crear ambientes concretos para desarrollar en ellos diferentes actividades. El parterre de los Duelistas, La Plaza de la Exedra, el laberinto, el  Palacio, el Abejero, el Templete, la Casa de las Cañas, el Casino de Baile, la Casa de la Vieja y son ejemplo de ello. Todos presentan su historia, sus características, sus leyendas y siempre, la intención de su inspiradora de crear un lugar de entretenimiento, una especie de parque temático para la nobleza, cerca de la capital, pero lo suficientemente aislado para lograr privacidad y tranquilidad.
 
Casa de la Vieja

Casino de Baile

Templete

Parterre de los duelistas

Una mera referencia a cada uno excede en mucho la intención de éste. Sólo haré referencia expresa al Fortín, ya que junto a él se encuentra el roble probablemente más antiguo del parque.

(Pascual Madoz (1806-1870) en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (terminado en 1850) describe así el Fortín:…hay un fuerte de figura triangular con baluartes, puentes estables y levadizo y foso de aguas que lo circunda. Este fuerte está guarnecido por 12 piezas de artillería de varios calibres con sus correspondientes arcas de municiones, con juegos de armas, asta, bandera y demás útiles de defensa y ornato”.

Roble del Fortín (desaparecido)
Pero anteriormente ya había referencias a esta  instalación. En  un inventario del mobiliario del jardín fechado en 1829 se menciona: “Batería: una mesa de madera fina con filetito de embutido, 12 sillas con asientos de paja pintados de blanco con rayas verdes y moradas, una garita con un soldado vestido y armado al natural, 12 cañones de bronce con sus cureñas”. El soldado que aparece mencionado en este inventario, ya se menciona en 1814 en una cuenta “por una peluca para el soldado”. En 1817 vuelve a aparecer una referencia a este soldado en una cuenta por “tierra, bolas y pólvora para el soldado”.

Como podemos ver, la duquesa de Osuna no escatimó recursos (mientras pudo) para que su “capricho” fuera espectacular y es de agradecer que, pese a los avatares del paso del tiempo, actualmente la finca conserve todo su encanto para disfrute de los ciudadanos que gustan de lugares tranquilos y aislados del bullicio urbano.

Estanque y Casa de las Cañas

SABER MÁS
“El Capricho de la Alameda de Osuna”.  Carmen Añón Feliú. Ed Avapies / Fund Cajamadrid
La sabiduría de los árboles. Fred Hageneder. Editorial Blume
Árboles madrileños. Antonio López Lillo y Antonio López Santalla. Obra social Cajamdrid (Edición digital)
Árboles. Guardianes de la magia. Alex Newman. Editorial Océano.
La memoria del bosque. Ignacio Abella. Editorial Integral

Mitología de las plantas. Ángelo de Gubernatis. José de Olañeta Editor.


Publicado en el mes de septiembre de 2013